En nuestro medio, de frutas, flores, verde y aguasoles perennes, o, más bien, en un extremo escaso, despoblado y esparcido de nuestro colectivo, donde se hojean libros, cuadros, se rumian poemas, se escuchan conciertos y se disfruta la gran herencia artística, tanto nativa como la que nos trajeron los colonizadores; en esa élite intelectual tropical, suele identificarse Deleuze con “complejo”, “difícil de leer”, camino por el que no tarda en aparecer la sinsalida y el no-camino. Pero aún así es bien curioso el efecto Deleuze en Medellín. Por acá han circulado en las librerías prácticamente todos los libros publicados de Deleuze y ha sido una de las ciudades donde más aceptación y difusión han tenido sus obras. Los libros de Deleuze no duran en los estantes. Simplemente son devorados todos los ejemplares que se atrevieron a traer (cada vez en mayor número) los libreros de Medellín. Los libreros están ya todos bien enterados de que Deleuze es venta fija. Y eso lo han vuelto, negocio e intereses particulares, incluso muchas páginas web que ofrecen consultas con Deleuze como carnada.
En primer lugar, la imposibilidad de encerrarlo en
consignas, en motetes fáciles o lecciones aprendibles habla bien de la calidad
e inspiración de su pensamiento desdoblado en miles de pliegues de diferencia y
matices poéticos-filosóficos, a través de sus múltiples conferencias,
conversaciones, ensayos, máquinas explosivas de escritura, el tríptico
Antiedipo-Kafka-Mil mesetas. Después de todo lo que he leído de su sereno
pulso, me parece de repente que no recuerdo nada que lo resuma, como si fueran
textos vacíos de doctrina. Es esquivo y huidizo como el agua, como la lengua de
dios que estremece en underground indescriptible el esqueleto de todo
lenguaje (Crítica y clínica). Su pensamiento multiforme se difunde variando
al infinito, perdiéndose por múltiples arborescencias, similar al rastro
inasible que deja el Amado en la Noche
Obscura de Juan de la Cruz. Se trata quizás del gran “santo” (fuera de
todo canon) del siglo veinte, en el sentido del filósofo Spinozista en el más
alto grado de conocimiento, el de la beatitud en que se coincide con la
eternidad, como se ilustra en el libro V de la Etica.
Es posible que este fracaso en forjar doctrina obligue a
muchos a abandonar su lectura y desconocer la singularidad de sus laberintos. Es
posible que, con el ascenso del parafascismo, a muchos les haga falta
su “leche de versículo” y no soporten la peligrosa libertad de los flujos y de
los cortes que chorrean y se reparten los campos sociales. En realidad, para el
hombre libre y sencillo que habita su jardín, quizás sea más fácil de leer de
lo que parece. De hecho, lo leen con deliquio los cordiales empiristas sin
principios, en sus jardines irrenunciables, y precisamente por su inutilidad
doctrinaria, su incompatibilidad innata con la doctrina, la escuela y la
consigna. Es seguro que para muchos de sus lectores, sus temas, tangentes y
directrices como líneas de fuga mantienen una especie de trabajo secreto de
acuífero, de pequeñas presiones que arrojan siempre gotas originales, puras y
distintas, por las rutas más inesperadas, cargadas de repente con las máximas probabilidades
y los brillos de nueva conciencia. Sus obras sin cesar ponen a pensar al lector
desprevenido que se entrena entre sus libros. Se constituyen en máquinas
deseantes de acción perenne e imperceptible, camuflada, que se van
desarrollando y singularizando en interacción con el enrejado vital del propio
pensamiento, magmáticos cristales abrasivos que van deteriorando las falsas
aristas de cualquier Yo.
¿Quién es ese “hombre abstracto” del abrigo y los
múltiples espejos, elegante, cortante y distanciado, mediante un margen o
umbral insalvable, abisal, hecho fantasma potenciado al infinito, umbral que
atraviesa la pared en normal de infinito unitario, ese infinito abierto que
cabalga en miríadas dispersas, de universo en expansión, a velocidad infinita libertaria?
Ese hombre cavilante, jovial y metafísico, de volcanes
amortiguados, es el hombre mínimo, de necesidades y características mínimas y
borradas, el hombre singular sin singularidades, el hombre sin historia devenido
historia y tierra y universo mismo, en grito y caída infinita, ideal del No-Yo
pensante y místico, amante incondicional de la Terre, Terre, Terre! No está ese
profeta para epígonos. Nunca cesará de desorientar a los que se creen sus
discípulos. Cada vez se agranda más su anillo de repugnancia.
Y es que Deleuze enseñó a huir, enseñó a escribir, a
producir lo real al lomo de veloces líneas de fuga y tangentes perpetuamente
variables, caminos inesperados, nuevos, no antes recorridos, enseñó sin alumnos
a amar el aire fresco, asignificante, que circulaba en las fugas y limazones
que le hiciéramos a las finas paredes que nos atrapaban, los agujeros que le
practicáramos a los códigos que nos empapelaban en enormes capas planas de
seres aplanados, seres de papel expertos en dobleces y origamias. Enseñó a
enderezarse, a saltar ‘en culbutant’, como resortaba el cuello de Kafka o de
Alicia fuera de cualquier hábitat, o el de Josefina entonando el canto
colectivo, electrizante de su pueblo de ratones musicales. Enseñó a atravesar
los reinos disímiles, buscando los vanos y caminos secretos que los atravesaran, los
umbrales de desierto poblado de manadas inesperadas que los empataran en un plano de consistencia.
Oh Deleuze, qué fáciles retratos de nuestra estupidez: “Nuestra
imagen del desierto es la del explorador que tiene sed, y la del vacío, la de un suelo que se hunde: imágenes
mortuorias” (Diálogos, p.102), sólo válidas donde el deseo no puede instalarse
y nutrir sus canales de creación indomeñable. El desierto en cambio, como campo
de proliferación libertaria, de expansión del horizonte y la amplitud de alma,
se presenta como campo de floración de hordas y de multitudes, que, por lo
virtuales no son menos históricas, en cuanto engastadas con las joyas de los
hombres, las harinas del Gran Pasado, y funciona como una alternativa de
destino para los desadaptados. ¿A dónde ir mejor que al desierto, cuando se ha
perdido la contraseña de los mundos comerciales y familiares? Es allí donde nace la palabra nueva cuando enmudece el lenguaje corriente.
¿Qué contraste de colores mejor que el del Azul, el blanco
y el ocre infinitos, escenario natural de un alma ilimitada (Lawrence de
Arabia)?
Y el vacío, por su parte, representa la gran posibilidad
de movimiento y navegación de los átomos, espacio natural del caos y la
velocidad infinita
Yo sentía su gran flujo de soplos distribuido en tres
fibras principales que abarcaban la gran esfera unitaria de lo que eternamente
retorna, de la mano de algún noctámbulo doliente en alocadas curvas de universo.
O lo veía formando tres mesetas absolutas independientes y telepáticas.
Una fibra que podría llamar Bartleby, rebelde a todo y a
todos pero modulado siempre en la fórmula lisa "Preferiría no hacerlo", que le permitiría escabullirse,
salirse con la suya, para beneficio de toda la colectividad que nada sería sin
su Josefina Cantora, singular e indomeñable, aunque, lógicamente su destino no podía ser otro que el de morirse de
hambre y cantar la sílaba insignificnte.
Una fibra o meseta del Acontecimiento, que recurre
temáticamente en la Lógica del sentido y en Diferencia y repetición, como lo
único digno de pasión por parte del hombre libre, único “desmodelo” de
cualquier imagen del pensamiento, capaz de todas las desfiguraciones hasta
alcanzar la forma abstracta, la zarza ardiente . El acontecimiento o la ”haecceidad”
es lo que desencaja en el cuadro de cualquier enunciado, de cualquier archivo o
agenciamiento que se enuncie actualmente en el campus o corpus del socio.
Una fibra musical en rondo helicoidal, capaz de expresar la
medula misma del alma. La música la presenta Deleuze como el arte que mejor
puede expresar los movimientos más íntimos del alma, capaces de componer melodías de pura beatitud con fibras de rebelde disonancia.


